Pobreza e indigencia

Pobreza e indigencia en el mundo



El indigente

Mis zapatos me miran;
con la boca abierta me piden comida.
Mi ropa está cansada de mi cuerpo maltrecho.
De tanto querer huir, se rompió su alma de vidrio,
que deshace y deshace los añicos en cristales
de su hambre indomable, inmutable.

Está bien ser indigente,

pero el aseo es otra cosa; don de gente.
Me baño con el jabón espumoso de un río sin plata.
¡Me baño con la lejía natural de un mar con bolsillos vacíos!

En mi estómago un león habita.

Noto que cada día,
su rugir es más fiero.
Tendré que darle consuelo,
aunque sea con los desperdicios
asquerosos de un cielo descosido.

Mi alma limosnea sin quererlo;

centavos que caen y sus patitas
nacen, cual alambres de púas;
enterrados en mi precaria piel.

Reviso cada tinaco de esperanza,

y sólo encuentro despojos de sueños extinguidos.
Con ellos alimento a la fiera que me condena.

Todo es igual, vivir o morir.

Todo tiene la misma simetría, todo me da igual.
Por eso no me importará sucumbir,
en este universo alterno;
que me clava su mirada de acero a la vez que me acaricia
un huracán de lástimas pasajero;
que por casualidad osó pasar frente a un punto esférico
e insignificante, pero grande y dispuesto a defenderse
de cuanto animal salvaje lo ataque.

Ya anochece…

Y acostado en una cama de periódicos chismosos;
acomodo cada tramo de vagancia y desánimo.
Arropado con la sábana del frío, ingiero el último brebaje
de esta historia repetitiva y suelta;
que constante y cerca,
encuadra cada fílmico trance de vida disoluta.


©Venus Maritza Hernández

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